domingo, 14 de agosto de 2016

Él

No, no podía hacerlo, estaba segura de que si continuaba con todo aquello su vida se iría al mismísimo carajo.  Perder lo que había construido le hacía doler el estómago, pero se estaba haciendo tan difícil poder evitarlo, lograr evitarlo. Siempre lo intentaba, le encantaba lo que pasaba en su cuerpo cuando lo veía. Sabía que no era amor, pero era algo más que sólo mirar.
No llevaba dos semanas en aquel trabajo cuando lo conoció. Más joven que ella, por lo menos 5 años menor, lo que siempre fue un gran punto a favor para aquellos hombres que intentaban llegar a puerto. Alto, delgado, se notaba que hacía algún deporte, ya los reconocía.

¿Pero qué le gustaba tanto?
No era guapo, no era moreno, ni tenía los ojos claros.
Su trasero… ¡Dioses! Qué trasero se gastaba aquel tipo.
No recordaba haber mirado por tanto tiempo el trasero de un hombre alguna vez en su vida, lo miraba y soñaba, imaginaba sus manos  agarrando a todo dar esos glúteos perfectamente formados.  Se imaginaba besándolos, lamiéndolos…
Han conversado un par de veces, en las que ninguno de los dos ha hablado de sus parejas. Supo que tenía 8 años menos que ella, y que en efecto hace deportes, va al gimnasio y se cuida bastante. Sabe que no toma té negro y que sus últimas vacaciones fueron en el lugar al que ella amaría regresar –con su familia-
Pero tenía que poner un freno, lo sabía…

Lamentablemente no hubo nadie que se detuviera, ninguno de los dos lo hizo, a pesar de que él también tenía pareja.

Un miércoles, después del trabajo, se toparon en el ascensor. Ninguno de los dos dijo nada, se miraron, fijamente y el mordió su labio, si lo mordió. Ella respiraba agitadamente, lo que hacía que su busto se viera un poco más grande de lo normal. Él hizo el intento de acercarse, pero las puertas se abrieron.

-Uff… casi, casi.

Cuando salieron, se dieron cuenta de que caminarían en la misma dirección, claro si vivían cerca. En el camino no hubo palabras, pero si caminaron uno al lado del otro y a ratos, cuando pasaba mucha gente, sus manos se rozaban, sutilmente, y ella no podía dejar de respirar su perfume, iban tan cerca.
Subieron al subterráneo, juntos y ella se acomodó en el mismo rincón que usaba habitualmente, y al momento de que el quedó frente a ella se dio cuenta de que no había escape, no tenía dónde ir para evitar, o seguir evitando, lo que ocurriría. Así que tomó la iniciativa, dejó su bolso en el suelo y le tomo suavemente la hebilla y botonera del pantalón, lo acercó suavemente mientras mordía el costado izquierdo de su labio inferior, lo miró y él se mojaba los labios, ambos sabían, ambos lo querían. 

Quedaron juntos, bastante juntos como para sentir que él ya estaba preparado para hacerla suya.  
Su aroma, ¡wow! Su aroma era maravilloso.

Lo miró a los ojos y notó que tenía los ojos cerrados y también él absorbía el perfume que ella tanto amaba y usaba a diario. Ni siquiera abrió los ojos, cuando la tomó con ambas manos por el cuello y con sus pulgares rosaba la mandíbula inferior y el lóbulo de su oreja, ya le encantaba…

Al momento de él abrir sus ojos, ella ya los había cerrado y se había entregado a lo que él decidiera hacer, a lo que él decidiera que pasaría aquella tarde.   Lo sentía, estaban tan cerca que sentía su miembro, duro rosando su ombligo, él era alto.   Cuando sintió su respiración cerca, sintió el calor que emanaba su respiración, la sintió en sus labios y notó que estaba moviéndose ligeramente, haciendo presión, mostrándole aún más que estaba listo.

-¡Dioses! ¡Que me bese ya!

Cuando por fin sintió sus labios, suaves, maravillosamente suaves. Abrió su boca, para continuar con el beso, saco su lengua y sintió la de él, húmeda, tierna y dura.

Y así estuvieron por los 15 minutos que duraba aquel viaje. Olvidaron que la gente los miraba, que siempre estaba la posibilidad de que los viera alguien conocido. Nada más importaba, querían tenerse, deseaban tenerse.

Él se alejó para decirle algo al oído: -Sigamos hasta la siguiente estación.

Nada más, esas palabras determinaron lo que pasaría en las próximas dos horas.

En la estación que seguía a la que ellos debían bajar para ir a sus casas, había un motel, si, ambos lo sabía, y ambos irían… no había nada que decir, todo se haría, todo lo harían.

Bajaron y caminaron, tomados de las manos, ya habían perdido el pudor y miedo a ser vistos en el subterráneo. Eran unas 5 cuadras las que debían caminar, no hablaron, de nada, absolutamente de nada, pero sus manos iban tan apretadas que ella sentía los latidos de su corazón en el pulgar.

Al momento de entrar, todos desapareció, todos desaparecieron, él la tomó en brazos y ella cruzó sus piernas por sobre el trasero de él. Se besaban con toda la pasión que debieron controlar frente a todo el mundo, pero acá no había nadie que los mirara o reconociera.

La apoyó contra la pared y comenzó a besar su cuello, mientras con una de sus manos agarraba uno de sus pechos. Estaba tan excitada y no recordaba la última vez que se había sentido así.
La colocó gentilmente en la cama y se levantó para poder sacarse chaleco y polera, dioses que hermoso cuerpo tenía, ya no tan sólo era su trasero lo que ella adoraba ahora. Lo tocó, lo acarició y él se tumbó suavemente sobre ella, la besó suavemente en los labios mientras ella comenzaba a acariciarle la espalda, su suave y formada espalda. Él comenzaba a desabrochar su blusa y a besar su piel por cada botón que soltaba. Besó su abdomen, por todos lados y ella lo dejó, a pesar de que aquella sensación no era su favorita, ella lo disfrutó, tanto que se sorprendió de que no eran los besos lo que no le gustaba, era como se los habían dado en aquella zona.

Hasta que llegó al botón de su pantalón y lo desabrochó suavemente al igual que bajó el cierre, dejando a la vista su calzón de encaje negro y comenzó a retirar el pantalón, mientras se mordía el labio inferior, tan fuerte que la piel de alrededor estaba más blanca de lo normal. La dio vuelta y la dejó boca abajo y lo que ella tanto había soñado hacerle a él, lamerle y besarle ese hermoso y bien formado trasero, él se lo estaba haciendo a ella. ¡Oh! Cómo amaba esos labios ya. Le quitó la blusa, un brazo a la vez y le desabotonó el sostén, le pasó suavemente los dedos por la espalda dibujando sus formas, como queriendo memorizarla, y luego la siguió besando. Cuando se detuvo ella sintió cómo sonaba el cinturón y se dio vuelta, ¡quería ver eso! No, quería hacerlo, por lo que tomo el pantalón y comenzó a desabrocharlo, bajó el cierre y ahí estaba, lo que había sentido en su ombligo, estaba frente a su rostro, él se puso de pie y se sacó el pantalón, y volvió a la misma posición, de rodillas en la cama, con ella al frente con sus piernas ligeramente abiertas para él.

Lo tocó, y lo sintió duro en su mano, suspiró y bajó su ropa interior, era lo único que la separaba en ese momento de su destino tan esperado ya a esa hora y comenzó a besarlo, se acomodó para quedar casi acostada boca abajo, para poder besarlo y que él tuviera una buena vista de su cuerpo mientras ella lo hacía, lo lamía como ella sabía hacerlo, como a ella le gustaba hacerlo y escucho los primeros quejidos de esa noche, quejidos que nunca más volvería a escuchar.

Él la tomó de los hombros, y le empujó levemente hacia atrás para que se detuviera, la incitó a ponerse de rodillas como él y la besó, quería sentir su sabor en la boca que lo había estado besando ahí abajo segundos antes. La besó tan apasionadamente que podría haber sangrado si hubiese seguido. La recostó y comenzó a sacarle la ropa interior, y ahí estaba ella, si bellos en todo su cuerpo excepto ahí, le besó la parte interior de los muslos, lo que la hizo tiritar de la desesperación, y pasó su lengua, suave y dura, por sus labios, por toda ella. Y fueron sus primeros quejidos, de desesperación por lo que estaba sintiendo, por lo que él la estaba haciendo sentir. Comenzó a subir por su abdomen besó sus pechos, los que estaban desnudos también, lamió sus pezones, que estaban duros de excitación, y la besó, con todo su aroma y sabor en los labios.

Y lo sintió duro ahí, ad puertas de entrar y hacerla suya. Poco a poco la penetró, lo sintió suave y potente, como debería ser un joven 8 años menor que ella.
Y así estuvieron la próxima hora, hicieron todo lo que habían soñado hacerse.
Ella ya no daba más y quería regalarle su orgasmo, que la sintiera, que sintiera las pulsaciones de su interior, y le advirtió, lo que fue suficiente motivación para que él también acabara con ella.
Se montó sobre él, para sentirlo en su esplendor y se movió, hacia adelante, hacia atrás, bastaron unos pocos movimientos para que acabaran, se sintieron, se gritaron, él se sentó y la abrazó, sus pechos quedaron justo frente a su rostro y ahí se quedó, la abrazo, sintiendo aún el latir de sus miembros, de sus corazones.

Ninguno habló, ninguno dijo nada, ambos se amaron como conocidos, pero caminaron de regreso a casa como desconocidos. Se despidieron con un beso en la oscuridad, el último beso.

Llegando a casa estaba su familia, la esperaban para irse a dormir. Se bañó y aún tenía su aroma, el del perfume y el de sus fluidos. Secó su cabello y se fue a la cama.

Al otro día en la oficina lo esperaba, miraba siempre en su dirección pero no lo vio, cuando se hizo de agallas para preguntar, le informaron que él ya no trabajaba en la oficina, que hoy viajaba a otro continente, para realizar un magister en su área, que se había ido solo, que le tomaría por lo menos 3 años volver, si es que volvía.

No tenía su número, ni su nombre completo, todo lo que le quedaba eran los recuerdos de aquella noche.

Él nunca volvió y ella nunca lo olvidó.


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