No, no podía hacerlo, estaba
segura de que si continuaba con todo aquello su vida se iría al mismísimo carajo.
Perder lo que había construido le hacía
doler el estómago, pero se estaba haciendo tan difícil poder evitarlo, lograr
evitarlo. Siempre lo intentaba, le encantaba lo que pasaba en su cuerpo cuando lo
veía. Sabía que no era amor, pero era algo más que sólo mirar.
No llevaba dos semanas en aquel
trabajo cuando lo conoció. Más joven que ella, por lo menos 5 años menor, lo
que siempre fue un gran punto a favor para aquellos hombres que intentaban
llegar a puerto. Alto, delgado, se notaba que hacía algún deporte, ya los
reconocía.
¿Pero qué le gustaba tanto?
No era guapo, no era moreno, ni
tenía los ojos claros.
Su trasero… ¡Dioses! Qué trasero
se gastaba aquel tipo.
No recordaba haber mirado por
tanto tiempo el trasero de un hombre alguna vez en su vida, lo miraba y soñaba,
imaginaba sus manos agarrando a todo dar
esos glúteos perfectamente formados. Se
imaginaba besándolos, lamiéndolos…
Han conversado un par de veces,
en las que ninguno de los dos ha hablado de sus parejas. Supo que tenía 8 años
menos que ella, y que en efecto hace deportes, va al gimnasio y se cuida
bastante. Sabe que no toma té negro y que sus últimas vacaciones fueron en el
lugar al que ella amaría regresar –con su familia-
Pero tenía que poner un freno, lo
sabía…
Lamentablemente no hubo nadie que
se detuviera, ninguno de los dos lo hizo, a pesar de que él también tenía
pareja.
Un miércoles, después del
trabajo, se toparon en el ascensor. Ninguno de los dos dijo nada, se miraron,
fijamente y el mordió su labio, si lo mordió. Ella respiraba agitadamente, lo
que hacía que su busto se viera un poco más grande de lo normal. Él hizo el
intento de acercarse, pero las puertas se abrieron.
-Uff… casi, casi.
Cuando salieron, se dieron cuenta
de que caminarían en la misma dirección, claro si vivían cerca. En el camino no
hubo palabras, pero si caminaron uno al lado del otro y a ratos, cuando pasaba
mucha gente, sus manos se rozaban, sutilmente, y ella no podía dejar de
respirar su perfume, iban tan cerca.
Subieron al subterráneo, juntos y
ella se acomodó en el mismo rincón que usaba habitualmente, y al momento de que
el quedó frente a ella se dio cuenta de que no había escape, no tenía dónde ir
para evitar, o seguir evitando, lo que ocurriría. Así que tomó la iniciativa,
dejó su bolso en el suelo y le tomo suavemente la hebilla y botonera del
pantalón, lo acercó suavemente mientras mordía el costado izquierdo de su labio
inferior, lo miró y él se mojaba los labios, ambos sabían, ambos lo querían.
Quedaron juntos, bastante juntos como para sentir que él ya estaba preparado
para hacerla suya.
Su aroma, ¡wow! Su aroma era
maravilloso.
Lo miró a los ojos y notó que
tenía los ojos cerrados y también él absorbía el perfume que ella tanto amaba y
usaba a diario. Ni siquiera abrió los ojos, cuando la tomó con ambas manos por
el cuello y con sus pulgares rosaba la mandíbula inferior y el lóbulo de su
oreja, ya le encantaba…
Al momento de él abrir sus ojos,
ella ya los había cerrado y se había entregado a lo que él decidiera hacer, a
lo que él decidiera que pasaría aquella tarde. Lo
sentía, estaban tan cerca que sentía su miembro, duro rosando su ombligo, él
era alto. Cuando sintió su respiración
cerca, sintió el calor que emanaba su respiración, la sintió en sus labios y notó
que estaba moviéndose ligeramente, haciendo presión, mostrándole aún más que
estaba listo.
-¡Dioses! ¡Que me bese ya!
Cuando por fin sintió sus labios,
suaves, maravillosamente suaves. Abrió su boca, para continuar con el beso,
saco su lengua y sintió la de él, húmeda, tierna y dura.
Y así estuvieron por los 15 minutos
que duraba aquel viaje. Olvidaron que la gente los miraba, que siempre estaba
la posibilidad de que los viera alguien conocido. Nada más importaba, querían
tenerse, deseaban tenerse.
Él se alejó para decirle algo al
oído: -Sigamos hasta la siguiente estación.
Nada más, esas palabras
determinaron lo que pasaría en las próximas dos horas.
En la estación que seguía a la
que ellos debían bajar para ir a sus casas, había un motel, si, ambos
lo sabía, y ambos irían… no había nada que decir, todo se haría, todo lo
harían.
Bajaron y caminaron, tomados de
las manos, ya habían perdido el pudor y miedo a ser vistos en el subterráneo.
Eran unas 5 cuadras las que debían caminar, no hablaron, de nada, absolutamente
de nada, pero sus manos iban tan apretadas que ella sentía los latidos de su
corazón en el pulgar.
Al momento de entrar, todos
desapareció, todos desaparecieron, él la tomó en brazos y ella cruzó sus
piernas por sobre el trasero de él. Se besaban con toda la pasión que debieron
controlar frente a todo el mundo, pero acá no había nadie que los mirara o
reconociera.
La apoyó contra la pared y comenzó
a besar su cuello, mientras con una de sus manos agarraba uno de sus pechos.
Estaba tan excitada y no recordaba la última vez que se había sentido así.
La colocó gentilmente en la
cama y se levantó para poder sacarse chaleco y polera, dioses que hermoso
cuerpo tenía, ya no tan sólo era su trasero lo que ella adoraba ahora. Lo tocó,
lo acarició y él se tumbó suavemente sobre ella, la besó suavemente en los
labios mientras ella comenzaba a acariciarle la espalda, su suave y formada
espalda. Él comenzaba a desabrochar su blusa y a besar su piel por cada botón
que soltaba. Besó su abdomen, por todos lados y ella lo dejó, a pesar de que
aquella sensación no era su favorita, ella lo disfrutó, tanto que se sorprendió
de que no eran los besos lo que no le gustaba, era como se los habían dado en
aquella zona.
Hasta que llegó al botón de su
pantalón y lo desabrochó suavemente al igual que bajó el cierre, dejando a la
vista su calzón de encaje negro y comenzó a retirar el pantalón, mientras se
mordía el labio inferior, tan fuerte que la piel de alrededor estaba más blanca
de lo normal. La dio vuelta y la dejó boca abajo y lo que ella tanto había
soñado hacerle a él, lamerle y besarle ese hermoso y bien formado trasero, él
se lo estaba haciendo a ella. ¡Oh! Cómo amaba esos labios ya. Le quitó la
blusa, un brazo a la vez y le desabotonó el sostén, le pasó suavemente los
dedos por la espalda dibujando sus formas, como queriendo memorizarla, y luego
la siguió besando. Cuando se detuvo ella sintió cómo sonaba el cinturón y se dio
vuelta, ¡quería ver eso! No, quería hacerlo, por lo que tomo el pantalón y comenzó
a desabrocharlo, bajó el cierre y ahí estaba, lo que había sentido en su
ombligo, estaba frente a su rostro, él se puso de pie y se sacó el pantalón, y
volvió a la misma posición, de rodillas en la cama, con ella al frente con sus
piernas ligeramente abiertas para él.
Lo tocó, y lo sintió duro en su
mano, suspiró y bajó su ropa interior, era lo único que la separaba en ese
momento de su destino tan esperado ya a esa hora y comenzó a besarlo, se acomodó
para quedar casi acostada boca abajo, para poder besarlo y que él tuviera una
buena vista de su cuerpo mientras ella lo hacía, lo lamía como ella sabía
hacerlo, como a ella le gustaba hacerlo y escucho los primeros quejidos de esa
noche, quejidos que nunca más volvería a escuchar.
Él la tomó de los hombros, y le
empujó levemente hacia atrás para que se detuviera, la incitó a ponerse de
rodillas como él y la besó, quería sentir su sabor en la boca que lo había
estado besando ahí abajo segundos antes. La besó tan apasionadamente que podría
haber sangrado si hubiese seguido. La recostó y comenzó a sacarle la ropa
interior, y ahí estaba ella, si bellos en todo su cuerpo excepto ahí, le besó
la parte interior de los muslos, lo que la hizo tiritar de la desesperación, y
pasó su lengua, suave y dura, por sus labios, por toda ella. Y fueron sus
primeros quejidos, de desesperación por lo que estaba sintiendo, por lo que él
la estaba haciendo sentir. Comenzó a subir por su abdomen besó sus pechos, los
que estaban desnudos también, lamió sus pezones, que estaban duros de
excitación, y la besó, con todo su aroma y sabor en los labios.
Y lo sintió duro ahí, ad puertas
de entrar y hacerla suya. Poco a poco la penetró, lo sintió suave y potente,
como debería ser un joven 8 años menor que ella.
Y así estuvieron la próxima hora,
hicieron todo lo que habían soñado hacerse.
Ella ya no daba más y quería
regalarle su orgasmo, que la sintiera, que sintiera las pulsaciones de su
interior, y le advirtió, lo que fue suficiente motivación para que él también
acabara con ella.
Se montó sobre él, para
sentirlo en su esplendor y se movió, hacia adelante, hacia atrás, bastaron unos
pocos movimientos para que acabaran, se sintieron, se gritaron, él se sentó y la
abrazó, sus pechos quedaron justo frente a su rostro y ahí se quedó, la abrazo,
sintiendo aún el latir de sus miembros, de sus corazones.
Ninguno habló, ninguno dijo nada,
ambos se amaron como conocidos, pero caminaron de regreso a casa como
desconocidos. Se despidieron con un beso en la oscuridad, el último beso.
Llegando a casa estaba su
familia, la esperaban para irse a dormir. Se bañó y aún tenía su aroma, el del
perfume y el de sus fluidos. Secó su cabello y se fue a la cama.
Al otro día en la oficina lo
esperaba, miraba siempre en su dirección pero no lo vio, cuando se hizo de
agallas para preguntar, le informaron que él ya no trabajaba en la oficina, que
hoy viajaba a otro continente, para realizar un magister en su área, que se
había ido solo, que le tomaría por lo menos 3 años volver, si es que volvía.
No tenía su número, ni su nombre
completo, todo lo que le quedaba eran los recuerdos de aquella noche.
Él nunca volvió y ella nunca lo
olvidó.
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